Juan G. Andrés

Kazetaria eta argazkilaria

Ribot manifestua

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Juan G. Andrés (@foteropanico)

Probablemente, sin la afluencia masiva de músicos vascos, el Club del Victoria Eugenia no habría colgado el cartel de “Entradas agotadas” en la enésima visita de Marc Ribot a Donostia. Estaban Ruper Ordorika, Lutxo Neira, Mikel Azpiroz, Nagore Iraola, Ilargi Agirre y, cómo no, Joseba Irazoki, en cuya obra es fácil advertir la influencia del guitarrista de New Jersey… Son sólo algunos de los nombres ilustres que el lunes no quisieron perderse la cita con el artista “que más puentes ha tendido entre el jazz y el resto de las músicas”. Palabra de Miguel Martín, director del Jazzaldia y programador musical de Donostia Kultura.

Antes de los primeros acordes, Ribot recordó aquella inesperada galerna que hace diez años obligó a suspender la última de sus dos citas en el Jazzaldia al frente del trío Ceramic Dog. Y acto seguido, fueron ellos quienes sin levantarse de la silla en ningún momento desencadenaron un temporal de mil pares de bemoles. Comenzaron con la instrumental ‘Shut That Kid Up’, una melodía circular con reminiscencias de Neil Young cuyo inicio cadencioso devino en crescendo explosivo, casi en los límites de la música metalera.

Era el Día Internacional del Jazz, pero lo cierto es que ese estilo se apareó con muchos otros: rock avant-garde, hardcore, punk, funk, hip hop, folk, ritmos latinos, electrónica… Ribot hizo básicamente lo que le salió de su desvencijada guitarra, ese instrumento que posee la virtud de sonar siempre diferente y al mismo tiempo reconocible, como cuando lo toca con socios como John Zorn o Tom Waits. ‘YRU Still Here?’ (2018), que vio la luz el pasado viernes, es un disco pleno de ruido y furia, rico en arengas como las contenidas en ‘Personal Nancy’, una pieza entre el rap y el graznido en la que el bueno de Marc escupió frases como “I got a right to be unhappy / I got a right to say ‘Fuck You!’ / I got a right to ignore everything you say, my feelings are political”.

El bajista Shahzad Ismeily y el batería Ches Smith estuvieron soberbios con sus respectivos instrumentos y también disimularon las carencias vocales de Ribot, que lucía gorro negro de lana y sus habituales gafas de profesor despistado. Con él cantaron en temas como el infeccioso ‘Pennsylvania 6 6666’, aderezado con unas congas que aportaron al conjunto un sabor latino en la onda de Carlos Santana. Para sorpresa de la audiencia, el líder cambió la guitarra eléctrica por el ukelele e interpretó ‘YRU Still Here’? en clave eminentemente acústica y más calmada. También remitió varios zascas a Donald Trump, recitó poemas combativos que harían fibrilar de emoción a Pablo Iglesias & Company y hubo un tema en el que Ismeily dibujó sugestivas escalas orientales con el sintetizador Moog: fue insólito verle tocar el bajo con la mano izquierda y el teclado con la derecha.

Y del modo zen pasaban abruptamente al riff punk más desaforado, con Smith desgañitándose a los coros mientras les zurraba de lo lindo a los parches y estiraba los brazos para castigar los platillos, colocados a una altura desmesurada. El punto cumbre del mitin llegó cuando en mitad de la batucada montada por sus socios, Ribot leyó un larguísimo manifiesto escrito en un papel interminable cual sábana que iba amontonándose a sus pies mientras gritaba frases como “I refuse, I resist!”. El mensaje resultó tan subversivo como la música, que en el tramo final alternó pasajes funk, una canción folk más o menos ‘normalita’ y una andanada de hip hop ruidista, ‘Fuck la Migra’, dedicada a la Oficina de Detención y Deportación de EEUU. Las proclamas y el ruido atronaron por última vez cuando en los bises llegó ‘Muslim Jewish Resistance’, la despedida de un concierto audaz y estimulante.

Mientras Shazad despachaba discos a pie de escenario, algunos nos acercamos con curiosidad de voyeur al espacio que había ocupado Ribot. Junto a su silla, en un ‘bodegón’ de unos dos metros cuadrados, descansaban la guitarra y el ukele, los pedales, el atril, cables, un revoltijo de partituras y folios con apuntes manuscritos indescifrables, un manojo de llaves, una lata de Aquarius… Aquello parecía la versión musical del estudio del pintor Francis Bacon, el reflejo de un caos ordenado que reina en una de las propuestas improvisadoras más refrescantes del momento.

Utzi erantzuna

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