Zinemaldia 2014: recta final

Juan G. Andrés (@foteropanico)

El martes fue el día D, una jornada histórica en la que, por primera vez en 62 años, la Sección Oficial acogía una película rodada íntegramente en euskera. Tras las primeras proyecciones, ese hecho, sin duda meritorio, ha ido pasando a un segundo plano y las crónicas han destacado, por encima de todo, la gran calidad de la película. Jon Garaño y Jose Mari Goenaga habían apuntado buenas maneras en 80 egunean, su estupendo debut, pero con Loreak han dado un paso adelante al contar de forma más madura una historia sobre el duelo, la memoria y el modo en que los muertos condicionan la existencia de los vivos. Con un trío femenino en estado de gracia y un tono tan sosegado como emocionante, Loreak la habitan personajes muy vascos en su forma de gestionar los sentimientos, pero los directores los ponen al servicio de una historia universal. Garaño y Goenaga pueden estar orgullosos de haber entrado en la competición por la puerta grande, sin paternalismos ni gaitas… De hecho, si a estas alturas de festival hiciéramos un Top-5 de los títulos que optan a la Concha de Oro, Loreak estaría en él, muy por encima de las obras de cineastas más veteranos y prestigiosos.

La voz en off parece haber tenido más detractores que defensores, y yo me encuentro entre los segundos. Es cierto que la película del chileno Cristián Fernández puede descolocar con su sucesión de situaciones hilarantes protagonizadas por una familia de tarados que uno puede sentir más o menos cercana -incluso cercana a la suya propia-. Pero acaban conquistándome el humor extraño, entre oscuro y melancólico, y los diálogos de unos personajes desnortados interpretados con mucha naturalidad, tanta que a veces se diría que estás viendo un vídeo doméstico. El filme utiliza muy pocos elementos, pero le saca el máximo jugo.

Más cine de género en la Sección Oficial, que este año ha incluido la ópera prima del guionista de la recordada Memories of Murder, de Bong Joon-ho. A Haemu, producida por este último y dirigida por el también coreano Shim Sung-bo, le cuesta arrancar y, ciertamente, le habría venido bien meter la tijera en su primera hora. Sin embargo, una vez que la sangre comienza a correr por la cubierta, la bodega y la sala de máquinas del barco, esta pesadilla marítima se anima con vibrantes escenas de acción y un personaje protagonista con requiebro. Recuerden: el hombre es un lobo (de mar) para el hombre.

De momento, la peor película de la competición es la argentina Aire libre, la insufrible crónica sentimental de una pareja cuyo matrimonio hace aguas. Si algo hace difícil salvar esta película es la nula empatía que despiertan sus personajes: el marido y la mujer parecen tener una edad mental inferior incluso a la de su repelente hijo de cuatro o cinco años, a quien también apetece abofetear sin piedad con la mano abierta. Un suplicio tal que al espectador termina importándole un carajo que el amor de Leonardo Sbaraglia y su señora se vaya por el sumidero.

Felix et Meira, del canadiense Maxime Giroux, ha pasado bastante desapercibida pese a tener más de una virtud. Me atrae, por ejemplo, el modo en que el director introduce la cámara en un mundo desconocido, el de los judíos jasídicos, y la sutileza con que narra el choque de culturas, personalizado en la relación de la esposa de un rabino ortodoxo y un hombre que trata de despertarla a la vida. Quizá se podían haber cargado más las tintas en lo relativo al fundamentalismo religioso, pero me gusta que no caiga en el maniqueísmo y no describa al marido como un monstruo con barba de mil días, tirabuzones y sombreros imposibles. No es una gran película, pero tiene su interés.

Por último, ayer llegó una de las obras más esperadas del concurso: Eden. El motivo de tal expectación era la aprobación unánime que despertó Primer amor, el anterior filme de Mia Hansen-Love. En mi humilde opinión, su siguiente trabajo no cumple las expectativas, básicamente porque con un metraje de dos horas la directora no decide profundizar en los personajes hasta el minuto 90, más o menos. Me interesa el ascenso y caída del DJ protagonista, me gusta cómo esta utilizada la música pese a no tener ni pajolera idea de house francés y entiendo los temas de los que habla Hansen-Love: la dificultad de madurar, al amor a la música por encima del amor a las personas, la imposibilidad de adaptarse a los nuevos tiempos… Sin embargo, tengo la impresión de que esas cuestiones se diluyen por el ruido de la música y el ansia por reflejar la efervescencia de los días de coca y rosas. Me llega la amargura de Eden, que se mueve entre la euforia y la melancolía, pero a la película le faltan la hondura y la emoción que encerraban todos y cada uno de los planos de Primer amor. ¿Un problema de expectativas? También es posible.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *