Hasta que se enfríen las estrellas

Juan G. Andrés (@foteropanico)

Solo he visto Cantando bajo la lluvia (1952) en dos ocasiones, ambas en pantalla grande. Alguno dirá: “Qué suertudo”. Y sí, algo extraño puede resultar, pero tampoco tanto. No olvidemos que vivimos en Donostia, una ciudad pequeña que sin embargo es sede del Festival de Cine, de la programación Nosferatu y de otras muchas entidades que nos endulzan la vida y nos educan la mirada cinematográfica. La primera vez fue, como todas las primeras veces, muy especial: una experiencia XXL. Corría el año 1996 y yo solo había vivido 19 septiembres. El espectáculo proyectado en la pantalla gigante del Velódromo de Anoeta me dejó sin palabras y, de paso, ayudó a derribar los estúpidos prejuicios que entonces tenía sobre el género musical.


La segunda vez que la vi fue ayer, en el Teatro Principal. Antes de la proyección no apareció nadie dando unos pasitos de baile como los que nos regaló el cineasta Stanley Donen en el Velódromo. El encargado de introducir la película fue Josemi Beltrán, responsable de la Unidad de Cine de Donostia Kultura que en la víspera había tuiteado que Cantando bajo la lluvia es la peli que se llevaría “una isla desierta y triste” (“en la que hubiera un proyector”, añado yo). Es una sabia elección, por supuesto, pues no hay muchos filmes que contagien al espectador la ilusión y las ganas de vivir que provoca este.

Así, a vuela pluma, pienso en películas que me dejen al borde del llanto y se me ocurren muchas, pero casi todos son títulos que lo consiguen por motivos dramáticos o trágicos. Cantando bajo la lluvia, sin embargo, logra emocionarme por el lado opuesto y hace que las lágrimas estén relacionadas con la alegría y el optimismo que transmiten sus personajes y sus números de baile. Ayer, 16 años después, volví a sentir esa feliz congoja en el estómago mientras se sucedían los números de Cantando bajo la lluvia. Sorprendentemente, el público solo aplaudió el más popular de todos, el de Gene Kelly chapoteando bajo el descomunal chubasco (recuerden que usaron agua mezclada con leche para que la cámara lo captara mejor), pero el resto son igualmente brillantes. Cómo no llorar de felicidad (y de risa) con Make ‘Em Laugh -inmenso Donald O’Connor- o con Moses, ese delirante trabalenguas cantado y bailado. Cómo no sentirse dichoso al asistir a ese momento en el que Debbie Reynolds convierte la noche en día al grito de Good Morning y cómo no sentirse apabullado por la pirotecnia final de Broadway Ryhtm.

Me quedan cientos y cientos de musicales por ver. Ya he dicho que hace tiempo perdí mis estúpidos prejuicios de cinéfilo teenager pero confieso que en mi videoteca son minoría las películas adscritas a este género. Mientras le ponga remedio -un buen método, sin duda, es devorarse el impagable ciclo de Nosferatu-, seguiré pensando que Cantando bajo la lluvia es el mejor musical de la Historia del Cine, al menos, como decían Kelly y Reynolds, hasta que se enfríen las estrellas…

6 Comments on “Hasta que se enfríen las estrellas

  1.  by  Poulidor77

    Yo también tenía 19 primaveras aquel septiembre… pero ni esa vez, ni ayer, fui a ver la película. De todas formas es una joyita incontestable.

    Precioso relato.

    •  by  Juan G. Andrés

      ¡Gracias, Ricardo!
      Así que somos coetáneos… XD
      Más que joyita, es joyaza, ¿no? Dentro de otros 15 años (como mucho) igual se nos presenta de nuevo la oportunidad de recuperarla en pantalla grande.
      ¡No desaproveches la ocasión!

  2.  by  Enrique

    A mí también me parece una autentica maravilla de película. Deliciosa y sublime, un placer para los sentidos y una gran noticia que la pasen en los cines.

    E

  3.  by  kazeta

    Yo no la he podido ver en pantalla grande. Pero yo también adoro “Make’Em Laugh”.

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