Cuentos inéditos

Solo era un niño de diez años cuando escribí con mis amigos de la infancia un par de novelillas inspiradas en las aventuras de Los Cinco, de Enid Blyton; de hecho, utilizábamos sus libros para calcar las ilustraciones de los nuestros, escritos a mano y con boli bic. Los protagonistas éramos nosotros mismos, unidos en un grupo llamado Los Anyies, que en cada libro se embarcaban en un sinfín de peripecias. Jamás he vuelto a firmar una novela, pero atravesada ya la edad adulta, sí he conseguido reunir algunos cuentos, la mayor parte inéditos pero con cierta ambición literaria. Por dos de ellos, Una temporada en el infierno (1998) y Arte y ensueño (1999) obtuve sendos premios. Reproduzco este último a continuación y periódicamente intentaré subir al blog otros cuentos.

Arte y ensueño

El crítico de cine arremete atropelladamente contra el despertador y se levanta de la cama. Con sonámbula torpeza, arrastra sus pies descalzos hasta el cuarto de baño. Siente una molestia en la boca. El bistec. La mitad del solomillo que cenó el día anterior parece habérsele quedado presa entre dos muelas. Intenta liberar el pedazo de carne con la punta de la lengua. De pronto, percibe un sabor amargo en la boca. La muela se le ha desprendido de la encía. La escupe.

Una náusea viaja velozmente por su faringe. A la arcada le sigue un vómito compuesto sólo por piezas dentales: incisivos, caninos, premolares y molares, todos chocan contra el lavabo. El crítico de cine no parece alterarse cuando las manos se desprenden de sus muñecas y caen al suelo. Mira hacia abajo y ve que los dedos se le separan de los pies convertidos en lombrices escurridizas. Todos sus órganos y apéndices emigran de su cuerpo: la nariz, las orejas, los ojos; incluso el pene y los testículos.

El crítico de cine está esparcido por el suelo, diseminado en docenas de pedacitos que van cobrando vida propia. Su mujer entra en el cuarto de baño armada con recogedor y escoba. Barre las porciones del crítico y las amontona en el recogedor. Entonces las lanza a las aguas cenagosas del retrete y tira de la cadena.

Se despertó sobresaltado, entre jadeos y escalofríos.

Tranquilo, cariño, sólo es un mal sueño, intentó sosegarlo su mujer secándole el sudor con las sábanas.

Llego tarde al trabajo, dijo el crítico de cine al comprobar que su pene, y todo lo demás, estaba intacto. No me esperes para comer, voy a quedarme en el periódico.

¿No desayunas?

No, tomaré algo por ahí.

Antes de ir al periódico, entró en su cafetería preferida para tomar café y un bollo. Al salir, el autobús se le escapó y determinó hacer el camino a pie. Dobló la esquina y un enorme cartel atrajo su atención al otro lado de la calle.

CINE “ARTE y ENSUEÑO”
Sólo películas experimentales en versión original subtitulada al español
Sólo sesiones matinales

Nunca había visto aquel cine, pero se sintió atraído por él. Entró sin saber qué ponían, pensando que sus críticas por fin cobrarían vida gracias a películas diferentes. El crítico se sentó en la segunda fila y extrajo de su gabardina las gafas, la libreta y el bolígrafo luminoso.

Desmembramiento. Ese era el título de la película cuyas primeras imágenes en blanco y negro mostraban a un muñeco de plastilina que aporreaba un despertador. Iba al baño y se hurgaba en la boca. Entonces, bruscamente, vomitaba todos sus dientes.

El crítico de cine esbozó una sonrisa entre incrédula y divertida. Aquella secuencia era calcada a su pesadilla. Al personaje de la película también se le desprendían las manos, las orejas, la nariz; y una mujer barría sus pedazos, los echaba por el retrete y tiraba de la cadena. En ese punto se había detenido su sueño, pero la película continuó una hora más sin que el crítico pudiera borrar de su memoria aquella caprichosa coincidencia.

¿Sabes, cariño? Hoy me ha ocurrido algo de lo más curioso; te prometo que nunca más diré que no creo en las casualidades. ¿Cariño? ¿No quieres saber lo que me ha pasado?

El crítico ocupó la mitad de cama que le correspondía. Se extendió en ella e intentó conciliar el sueño a pesar de los ronquidos de su mujer.

Aquella noche volvió a soñar.

El crítico de cine pasa de escribir críticas en un periódico nacional a dirigir películas. Se encuentra en el estreno de su opera prima, sentado entre una caterva de colegas que babean por asistir a su descalabro como cineasta. Pero, contra todo pronóstico, la película recibe el favor de crítica y público: la prensa ensalza la obra del crítico metamorfoseado en director, todo son felicitaciones, autógrafos, besos y abrazos, la película gana el primer premio del Festival de…

Vamos, anda, despierta o llegarás tarde otra vez.

Ya la has jodido.

¿Yo? ¿Pero qué he hecho?

Arruinar el mejor sueño de mi vida.

Entró en el “Arte y Ensueño” y se sentó en el mismo sitio del día anterior. También en blanco y negro, la película estaba rodada en un solo plano. Se titulaba Ciencia-Ficción. Trataba sobre un crítico de cine que daba el salto a la dirección cinematográfica y cosechaba un éxito atronador con su primera obra.

Perturbado por el desconcierto, el crítico de cine apagó el bolígrafo y dejó de garabatear notas en su libretita. La película estaba transcurriendo como una copia clónica de su sueño.

Entró en el periódico completamente contrariado e intentando convencerse de que aquello estaba motivado por una extraña forma de azar. Tras terminar de trabajar, llegó a casa, vio que su mujer dormía y se metió en la cama.

Malditos ronquidos, masculló.

Por la mañana, le embargó cierto reparo al pensar en ir al cine. Cuando quiso darse cuenta, una curiosidad morbosa le había llevado a la segunda fila del “Arte y Ensueño”. Y de nuevo sucedió. No sólo ese día, sino también el siguiente. Y los siguientes. Sus sueños iban convirtiéndose diariamente en el argumento de películas insólitas que nunca había visto. Era como si alguien se introdujera en su cabeza cada noche y filmara sus sueños para proyectarlos al día siguiente.

Pasaron los días y el crítico de cine descartó revelar su secreto, ni siquiera a su mujer. A él la experiencia había dejado de hacerle gracia, cada vez le resultaba más lacerante. Había repudiado su teoría del azar. Soñar con antelación todas las películas que proyectaba ese cine era demasiada coincidencia. Todas idénticas; todas en blanco y negro.

¿Sabes que soñamos en blanco y negro? Alguien se lo dijo una vez.

Llegó un momento en que se planteó no escribir sobre ninguna película de aquel cine. No obstante, sus críticas de películas extrañas habían incrementado las ventas del periódico, por lo que sus jefes prácticamente le forzaban a ir al “Arte y Ensueño”. Pero la ansiedad que le producía su extravagante situación iba multiplicándose. Y cuando no se sentía con estómago para digerir una sesión de cine onírico, escribía las críticas de sus sueños sin desplazarse hasta la sala: bastaba con hacer un comentario sobre lo que había soñado por la noche.

La idea de vivir eternamente con su don clarividente comenzó a taladrar su salud. Un día, al volver del trabajo, el crítico de cine tomó una decisión drástica: no dormiría para comprobar qué ocurría a la mañana siguiente.

Aquella noche le ganó el pulso al sueño gracias a un cartón de tabaco y a varias tazas de café. Por la mañana, fingió despertarse, le dijo a su mujer que iba al trabajo y se dirigió al “Arte y Ensueño”. Al doblar la esquina tuvo que frotarse los párpados para comprobar que su sentido de la vista no se burlaba de él. No había rastro del cine, era como si se hubiera sumergido bajo tierra. Donde el día anterior había reposado el “Arte y Ensueño” se erigía ahora un prolífico comercio. Se puso las gafas. “Todo a 100”, leyó en el rótulo. Se acercó. La tienda era real: la gente entraba y salía con bolsas y objetos. El cine había desaparecido.

El crítico notó cómo un punzante sentimiento de culpa le devoraba las entrañas. Maldijo la vigilia. Se sentó en un banco frente a la tienda y esperó. El comercio siguió allí, ni siquiera la noche logró difuminar el rótulo. “Todo a 100”, volvió a leer. Entonces regresó a casa. Frente al espejo, escrutó su desnudez tísica. No reparó en los ronquidos. Simplemente ocupó su mitad de cama y se juró a sí mismo que nunca en su vida volvería a pasar un día en vela.

Y aquella noche intentó soñar.

 

 

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